Si un familiar cercano se arrodillara, en el rellano de la escalera y pusiera los brazos en cruz gritando: ¡vecinos! en un intento de extorsión ante una disputa, diríamos que esa persona no está en sus cabales. La teatralización o el comportamiento histriónico puede buscar entre otras cosas marcar el ritmo emocional de una relación.
Se sortea el debate y se sustituye por una respuesta automática de urgencia que no pasa por la razón. Se consigue así ampliar los límites de lo inaceptable y pasa a ser aceptable lo que antes no lo era. Se subvierten principios y valores. En esos momentos de tensión, ceder se convierte en el único medio de que la emoción desaparezca y de que vuelva la paz.
¿Y si esta actitud fuese sostenida en el tiempo? ¿Cuánto podríamos soportarla? ¿Cómo debería ser la respuesta a este tipo de actitudes? En cualquier caso, creo que no se deben tomar decisiones en el pico emocional. Se trataría de escuchar el contenido, no el teatro, aunque la respuesta no la tengo…
Asistimos en política a un gobierno de la emoción. Se buscan apoyos no en virtud de un análisis sino de un estado de ánimo. Con la tasa de morbilidad de esta enfermedad tan alta, cambiar el foco a base de invectivas es extremadamente fácil. Y así nos vamos precipitando de un evento a otro, con el propósito de cambiar la agenda. Pero aunque los elegidos se consideren inspirados por Dios, la injusticia no puede mantenerse en el tiempo y nunca triunfará. Y finalmente aquello que intentan impedir, obsesionados como están, devendrá único.
Leave a comment